Un libro más es un libro menos; un acercarse al último que espera en el ápice, ya perfecto.
Julio Cortázar

1 de junio de 2012

Nuevas secciones, nuevas etiquetas

Aun con las manos en otra cosa, la cabeza sigue produciendo. Tiene eso de bueno: algo de irreverencia, algo de capricho, cierta absurda tendencia a la emancipación. Pero claro, las manos no acompañan. Me gustaría alimentar este blog como si de un pavo para navidad se tratara (curioso que se nos pegue esa imagen, como si alimentar a los animales que nos vamos a comer tuviera algo que ver con nuestras costumbres), y sin embargo no logro más que tirarle unas migas de vez en cuando. Por suerte acá se queda, absolutamente indiferente a mi indiferencia.
De todos modos quería entregar a la casi eternidad de la lengua escrita los esbozos de lo que en algún momento serán nuevas secciones: "palabras que deberían existir", "palabras que no deberían existir" y algo así como un proyecto cartele más casero aún que el original pero relacionado con el uso de la lengua exclusivamente, en donde podemos remarcar y discutir errores comunes (nombre a decidir). Son solo ideas, las puertas están abiertas para quien quiera alimentarlas conmigo (vía mail). Si no, el pavo se queda flaco, flaco...  

28 de mayo de 2012

La confusión del crepúsculo

[No quería dejar de compartir, por simbólico, el primer trabajo práctico que hice para la carrera de Letras. Se trata del análisis textual del cuento "La forma de la espada" en Ficciones, de Jorge Luis Borges. Por supuesto está en un lenguaje muy técnico, en especial comparado con la habitual informalidad de las entradas del blog. Quiero decir, en buen criollo, que para la mayoría de ustedes resultará un bodrio (probablemente también para mí, pero uno siempre pierde la objetividad con lo propio, ¿vio?). Pero para el que conozca el cuento y le interese pegarle una mirada, aquí van estas líneas].

La confusión del crepúsculo
Fronteras y oposiciones en La forma de la espada, de Jorge Luis Borges


Basta hacer clic –y no “clickear”, si se tiene la pretensión de escapar a la guadaña distinguida y certera de la RAE– para que surjan, ansiosos y a borbotones, decenas de trabajos de interpretación sobre la obra de Borges. Aun si se decidiese prescindir de tanta pericia ajena y enfrentar la lectura de un texto ingenuamente, sabemos que una primera lectura no es en realidad “primera”, ni tampoco ingenua. Pero sí resulta interesante intentar una lectura lo menos contaminada posible de información específica previa. Serán inevitables luego las operaciones lógicas que, a la luz de la bibliografía y el debate, actúen sobre el planteo moderándolo, tal y como un maître que facilita una corbata a un comensal desaliñado. Acomodándolo a las convenciones de las que, para bien y para mal, difícilmente podemos escapar.

El primer elemento visible de La forma de la espada es justamente esa marca que cruza la cara de un hombre. Como si de una fractura se tratase, la marca divide aguas y organiza una serie de oposiciones que están presentes a lo largo de toda la obra. Con especial atención nos detendremos en la de la valentía en contraposición con la cobardía. Tanto la valentía como la cobardía de John Vincent Moon vienen a ilustrar el coraje y la traición, figuras propias de la época en que se inscribe la producción del texto. Son constantes en la obra de Jorge Luis Borges y parte importante de la intrincada discusión de la conformación nacional.


La forma de la espada

Hemos mencionado la forma de la espada como principio organizador del texto, tarea que diligentemente comienza ya desde el título. Pero ¿cuál es esa forma? La cicatriz y el arma que la produce reciben a lo largo del texto numerosas denominaciones y descripciones: “le cruzaba la cara”, “cicatriz rencorosa”, “arco ceniciento”, “una medialuna de sangre”, “corva cicatriz blanquecina”, “escrita en la cara la marca de mi infamia”, “esa medialuna de acero”. Examinémoslas una por una.

Al hablar de “cicatriz rencorosa”, se transfiere a un objeto una cualidad o un sentimiento humanos, de manera que el objeto cicatriz pueda condensar el rencor que le dio origen o bien el rencor que produjo. La fuerza –quizás con cierta disonancia– de este señalamiento, que ocupa además la primera línea del cuento, es un indicio claro de la centralidad de la cicatriz como elemento en la trama.

La cicatriz “cruza la cara”, la divide, fabrica dos hombres donde debería haber uno. Esa “medialuna de sangre” parte en dos esa luna que es “moon”, John Vincent Moon. Esa forma es la mitad de una cara, pero al igual que la luna, se trata de una cara que exhibe una mitad luminosa para ocultar el resto, inseparable, entre las sombras. ¿Y qué es la marca sino una grieta que une, que yuxtapone y comunica las dos caras de un hombre? En consonancia, la mención de un “arco ceniciento” remite a la ceniza, al gris, a una zona de pasaje entre las dos mitades.

Por si fuera necesario remarcar la importancia de la cicatriz, observemos cómo la historia de esa marca, la “verdad” de ese hombre, es usada por él mismo de un modo prácticamente mercantilista. Adquiere el estatus de un bien de cambio que permite a su dueño obtener una ventaja comercial en la adquisición de unos campos: “…el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la historia secreta de la cicatriz”.

Esta línea curva, este arco, produce una oscilación entre dos polos. El texto tiene movimiento, permanentemente. Centrarse en la marca, en su forma, es moverse en una frontera. Las nociones de frontera, de límite, comenzando por la misma cicatriz, son frecuentes a lo largo del texto: “El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur”.


Oposiciones: a un lado y al otro de la frontera

El relato está enmarcado por las palabras de un narrador del que no se aportan más datos que las circunstancias que lo llevan a encontrarse con el personaje del Inglés, o Vincent Moon. La caracterización del personaje del Inglés pareciera ser en un principio de una opacidad deliberada. “Su nombre verdadero no importa”, nos remite a la plasticidad de un concepto que puede mutar sutilmente de un lado a otro del mundo pero será más o menos el mismo en todas partes: la contradicción humana. El retrato del Inglés parte de rumores, de voces de otros, y ya en esas primeras impresiones aparecen las contradicciones. Contrabandista pero trabajador, severo hasta la crueldad pero justo. La condición de bebedor se presenta como una suerte de quiebre en la rutina, pero con un carácter igualmente estable (“un par de veces al año”): “emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo”. Emergía por haber estado sumergido: pareciera este un hombre condenado a librar una batalla permanente con el yugo de su dualidad.

A estas primeras aproximaciones siguen algunas impresiones del narrador: “Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura”. La elección de estos adjetivos –organizados en duplas ambiguas, sutilmente contradictorias– realza la indeterminacuón del personaje. En los ojos se alude a la vida, pero son ojos glaciales, fríos, muertos. Y la energía es mitigada por la flacura, cualidad acaso inseparable de la debilidad.

En los primeros momentos en La Colorada, presumiblemente, llueve (es la crecida de un río, que puede atribuirse a la lluvia, la que obliga a Borges personaje a guarecerse allí). Durante la conversación, durante la lluvia, se devela el primer enigma, la verdadera nacionalidad del Inglés: “…se detuvo, como si hubiera revelado un secreto”. El Inglés no es tal, sino que es irlandés, y esta confusión no debería pasar inadvertida. Este juego con las nacionalidades es otro detalle que da cuenta de la escisión del personaje, un desliz más atribuible a la perspicacia del autor que a la ignorancia ocasional de los personajes. El hombre a quien todos consideran inglés –“era invencible un país con el espíritu de Inglaterra”, le dice el Borges personaje–, provenía justamente de un país oprimido por Inglaterra. Es tal vez la condición de traidor lo que genera una identidad tan turbia como sostenida, coronada por un apelativo que se posiciona del lado del opresor. Pero luego de la conversación, los personajes salen a mirar el cielo. “Había escampado”. La lluvia trae un secreto. Al alivio de esa confesión, sigue el escampe. Pero “…el Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta”: se anticipa la siguiente confesión.

Aparece en la escena una botella de ron, un paréntesis en la conciencia. “…advertí que yo estaba borracho”. Quedan en suspenso las simulaciones, y los dos hombres se acercan al terreno de esas batallas que libraba el Inglés en sus borracheras. La mención de la cicatriz produce una transformación en el semblante del Inglés: “La cara del Inglés se demudó”. Un rostro que exhibe otro rostro. Pero responde con su “voz habitual”. ¿Por qué “habitual? ¿Qué otra voz hubiera podido tener? Pues la de otro hombre, la de aquel rostro que se insinúa fugazmente en su semblante.

Comienza el relato del Inglés enmarcado por el de Borges personaje. Aunque no lo sabremos hasta el final –somos, después de todo, un “…lector bobo […] que no entiende lo que le están contando y que se queda extasiado ante la sorpresa final”[i]– la narración se construye como un reflejo. De nuevo aquí la marca irradia su efecto sobre todo el texto, erige dos caras. El personaje cuenta su historia, entonces, desde el punto de vista de su contraparte. Este relato “en espejo” constituye una usurpación que no por evanescente es menos lúgubre, ya que no es un hombre el suplantado: el narrador resulta ser el usurpador de un discurso. Se adueña de la voz de otro hombre, de sus palabras. Este recurso se explicita luego como estrategia del narrador para ser escuchado hasta el final, en lo que resulta una suerte de exhibición de procedimiento hecha por el narrador de una ficción, a su vez enmarcada en otra: “Le he narrado la historia de este modo para que usted la oyera hasta el fin”.

La semblanza que el Inglés hace sobre el grupo de conspiradores está teñida de lo que podría leerse como nostalgia, y que a la luz de la confesión final bien podría ser admiración, pero que no está exenta de contradicciones: “el porvenir utópico y el intolerable presente”, “una amarga y cariñosa mitología”. La multiplicidad de destinos o de esencias se insinúa: “…algunos […] se baten en los mares o en el desierto”, “toros que en otra encarnación fueron héroes”. Finalmente, el reflejo hace su aparición: “En un atardecer que no olvidaré, nos llegó […] un tal John Vincent Moon”. Sin duda resulta inolvidable para este personaje –para Moon–, el atardecer en que se enfrenta con el hombre que hubiera querido ser. El Inglés hace de Moon, de sí mismo, una descripción peyorativa. Hay ciertas contradicciones que el lector no puede percibir en una primera lectura. Una de ellas es de carácter temporal. El tiempo tiene el efecto de polarizar los atributos del personaje: lo blando se ha vuelto enérgico, el peso de tantas batallas ha endurecido al hombre. Moralmente, en la descripción se debaten los conflictos de quien había “…cursado con fervor […] casi todas las páginas de no sé qué manual comunista”, pero acababa de inclinarse a la traición. Hay señales débiles del desencanto moral, de la inminente debilidad: “Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico”, “dictaminaba con desdén y cierta cólera”.  

Fuera de la cicatriz, hemos mencionado que hay en el relato abundancia de elementos que simbolizan zonas limítrofes. A las discusiones políticas sigue un pasaje de tono onírico que se vuelca a “las vagas calles”, punto sobre el que volveremos más adelante. Durante ese divagar Moon y el otro hombre se enfrentan, se oponen, los aturde un tiroteo. En este punto de la narración del Inglés aparece un límite preciso, una línea divisoria que esas dos mitades, esos dos hombres, tuercen y recorren: “…orillamos el ciego paredón de una fábrica o un cuartel”. Cuando el desenlace se precipita, la cobardía y la valentía finalmente se corporizan: “… John Vincent Moon estaba inmóvil […] como eternizado por el terror. Entonces yo volví, derribé de un golpe al soldado…”.

Del vasto sistema de oposiciones plasmadas en el texto, constituye esta, valentía versus cobardía, la de mayor peso. Poco habrá que no se haya dicho ya sobre lo que las figuras del coraje y la traición significan en la literatura borgeana. Podemos plantear, sencillamente, que el culto al coraje se encarna en el gaucho y luego, desplazado a los arrabales porteños con algunas diferencias, en el compadrito. Pero en Borges, “los héroes […] además de escasos, son sospechosos, espurios”[ii]. Son construidos, inventados como “mito literario”, para luego ser arrinconados, desmenuzados. El coraje es ese don que con pesar (o sorna) Borges se lamentaba (o jactaba) de no tener.

Y junto al héroe, el cobarde. En el relato, cobardía y traición están estrechamente enlazadas, lo que no constituye ninguna sorpresa pues habitualmente se insertan en un mismo campo semántico. John Vincent Moon, conspirador y romántico (aquí el héroe), flaco y fofo (aquí el cobarde), inmovilizado por el terror y catapultado al Brasil “por los dineros de Judas”, encarna la traición, una figura mucho más fascinante (o cuando menos más inquietante) que la de su opuesto semántico. El traidor, este ingrediente que “fascina estéticamente a Borges”[iii] es quien expande las fronteras, “posibilita el contacto con lo otro y enriquece la tradición porque la amplía”[iv]. Es la amenaza intrínseca, perdición y posibilidad al mismo tiempo.

Se ha mencionado el papel de las calles en el relato. Aunque sirva luego de escenario del desenlace, la casa en la que se refugian los dos hombres resulta un marco en principio confuso, abundante en “perplejos corredores” y “vanas antecámaras”. Pero en las calles, los personajes dirimen su condición, exploran los bordes. Son también sendas fronteras los amaneceres y crepúsculos que, como las calles, gozan de la confusión. Desde los márgenes se construyen los cambios, se minan los pilares que sostienen todo lo que de firme tiene nuestra historia. Borges “trabajó con todos los sentidos de la palabra “orillas” (margen, filo, límite, costa, playa) para construir un ideologema”[v]. La calle precipita, la espada rubrica: en el rostro queda marcada esa forma. “Borges avanza, exhibe el procedimiento como una  […] forma ideológica […] como propuesta…”[vi].

El extenso oxímoron que conforma el relato no ofrece resolución ni tregua. Tiene su justificación en una frase, una sentencia, que neutraliza todo conflicto entre las oposiciones. Podría decirse –si se tendiera a exagerar– que La forma de la espada tiene de extenso lo que dura esa frase. Aflora, transcurre y se agota en trece palabras. En el curso del relato del Inglés, el narrador se traiciona adrede, se posiciona desde la impunidad que le proporciona el contar la historia de otro: “Me abochornaba ese hombre con miedo, como si yo fuera el cobarde”. Se precipita la frase que sintetiza a un tiempo la vergüenza y la disculpa de Moon, pero que es además el trasfondo vital del relato: “Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres”. Otra vez se atraviesan fronteras, las mezclas se erigen como destino y punto de partida, los hombres se enfrentan y amalgaman. Cualquier hombre es todos los hombres. ▪





[i] Enrique Pezzoni, “Clase 14 (2 de junio de 1988)”, en Annick Louis (compiladora), Enrique Pezzoni, lector de Borges, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1999, p. 62.
[ii] Jorge Panesi, Críticas, Buenos Aires, primera edición, Grupo Editorial Norma, 2000, p. 138.
[iii] Ibídem, p. 147.
[iv] Ibídem, p. 149.
[v] Beatriz Sarlo, Borges, un escritor en las orillas, primera edición, Seix Barral, 2003, pp. 47-48.
[vi] Enrique Pezzoni, “Clase 14 (2 de junio de 1988)”, en Annick Louis (compiladora), Enrique Pezzoni, lector de Borges, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1999, p. 61.

28 de abril de 2012

Odios rancios



Paso siempre. El tránsito se detiene justo en ese punto (hay una barrera a una cuadra). Él duerme bajo una lona que arriba insinúa su forma y abajo lo deja escapar un poco, lo ofrece con sigilo. Son segundos largos, apretados, en que nos resignamos a la contemplación forzosa de esa postal extraña. Lo guarece la casa también apagada. Me pregunto si el suyo es un sueño pesado, para siempre, o si está solamente agazapado, aguardando un cambio en la dirección del viento.
Hago conjeturas, siempre, sobre qué retorcidos caminos pueden llevar a alguien a tener un Falcon verde. ¿Ignorancia? ¿Indiferencia? ¿Una herencia desafortunada? El capricho del azar. O un homenaje secreto, un regalo, una casualidad execrable. Quién sabe.
No mira a la calle, pero la calle lo mira a él. Somos muchos sobre esos adoquines oscuros. Estamos llenos de sueño, de tedio. Lo observamos entre bostezos desde nuestros autos cuando se aproxima el tren y la barrera cae como un velo pesado, nos detiene, nos ata a esa misiva que se inyecta en el presente.
Uno de esos días en que la barrera nos anclaba frente al Falcon, vi al dueño de casa barriendo la vereda. La puerta entreabierta, las manos repeliendo hojas secas: la casa viva. Miré al hombre y traté de trazarlo un poco. Cifrar el pelo gris o la espalda encorvada sobre el escobillón. Descubrirlo ajeno o encontrarlo culpable. No pude: era solo un anciano barriendo la vereda. En la vejez, los odios rancios casi no asoman por la piel.
Hoy pasé con sol. Otras veces ha sido bajo la lluvia, o con un cielo gris pesando sobre la nuca. Él duerme, permanece inmutable a nuestra procesión lenta y callada. Y yo, sin mover los labios, pido a alguien, o a algo, que nunca más vuelva a despertarse.

10 de marzo de 2012

El buraco en la lengua

 
Cuando intentamos hablar un idioma que apenas conocemos, nuestro cociente intelectual experimenta un súbito y dramático descenso. Nosotros, que en nuestro idioma materno podemos ser claros, fluidos y verborrágicos hasta lo insoportable, nos convertimos de pronto en seres torpes y balbucientes, sujetos que vacilan con la boca entreabierta y las manos dispuestas a gesticular ampulosa y desesperadamente en triste acción compensatoria.

El lugar: unas sierras calurosas y verdes en el nordeste de Brasil. El momento: el final de un día que podría haber sido placentero pero había sido muy difícil. Las circunstancias: la llegada a un restaurante absolutamente vacío pero que al menos estaba abierto y prometía compensar los desaciertos del día, esa semana y ese lugar mal elegidos porque ya nadie estaba de vacaciones, el contacto con quienes tal vez unos días atrás habían sido cálidos anfitriones pero ahora gruñían con poco disimulo por tener que levantarse a atendernos.

Abordamos la primera de las cinco o seis mesas vacías, la más cercana a la calle, justo en el momento en que la camarera se disponía a salir del restaurante para pasear dos perritos blancos y peludos como malvones. El paseo quedó trunco: la chica volvió sobre sus pasos, ató a los perros a una columna, y se acercó a nuestra mesa con el menú. Como mis hijos querían comprar algo en el kiosco, fui obsequiada con un inusual momento de soledad que usé para ojear el menú y repantigarme un poco en la silla de madera. Tenía puesto un pantalón tipo babucha con motivos búlgaros que en contacto con la silla, sin anticipo ni remedio, hizo crac.

A ver: un siete en la ropa no es gran cosa. Hay cierto consenso entre las personas para considerar que el desgarro en la tela de un pantalón, aun del pantalón más preciado, no representa necesariamente la señal de un cataclismo o una tormenta solar. Pero un viaje accidentado por un camino de cornisa que de pronto nos arranca náuseas, más un siete en la ropa, es un poco más. Un viaje accidentado por un camino de cornisa que de pronto nos arranca náuseas, más el llanto ininterrumpido y agudo de mi hija menor, más un siete en la ropa, avanza unos tramos en la escala de circunstancias irritantes. Y un viaje accidentado por un camino de cornisa que de pronto nos arranca náuseas, más el llanto ininterrumpido y agudo de mi hija menor, más la imposibilidad de encontrar hotel, más los gritos de pelea entre mis dos hijos mayores, más la noche cerniéndose sobre nosotros, más un siete en la ropa, bueno, eso ya es otra cosa. En suma, en lo que iba del día, arrastrábamos una serie de penurias encadenadas, tenazmente adheridas a nuestra suerte. Una larga lista de señales que nos indicaban que había que girar sobre nuestros talones y dejar la pretensión de visitar las sierras para otro momento de la vida. Hechos que en su adición pertinaz, convertían al siete del pantalón en una grieta oscura e infinita donde se condensaban las pestes del universo, un lugar en el que de pronto podía caber la región entera de la Provence francesa o un asentamiento de moluscos bivalvos.

Pero uno insiste: quiere poner el hombro, la osadía y la buena voluntad en torcer el destino. Por eso me pareció oportuno comentárselo a la camarera, recibir tal vez el consuelo del encuentro humano o la descarga que proporciona el poder terapéutico de la palabra.

Como no hablo portugués –exceptuando por un grupo reducido de palabras que por algún motivo se corresponde en un ochenta por ciento a la categoría de los utensilios de cocina–, lo que siguió fue un monólogo penoso y desmembrado, adherezado por mis pensamientos torturados, y que reproduzco a continuación con toda la fidelidad que me permite la memoria.   

–Vosé tein… –¿vosé? ¿estaré diciendo “vos” o “usted”? Porque si es “usted”, no se aplica a esta chica que no debe tener más de dieciocho…

–Vosé tein… –señalo la silla. –Aquí… –¿cómo corno se dirá “clavo”? La chica sonríe, visiblemente desinteresada. Sonríe con la misma cara imperturbable que hubiera puesto al darme el vuelto, o al observar a sus perritos haciendo popó en el árbol de la esquina. Entonces señalo el clavo, pero hay poca luz y la silla es color verde inglés, el clavo se pierde en esa casi negrura, como si el muy maldito fuese invisible.

–Tein aquí, na cadeira… –¿Cómo es posible que “silla” se diga “cadera”? ¿o era “cadeirinha”? No, eso sería “sillita”, o “colita”, qué se yo…

–Tein aquí um clavo… –¿Será “cravo”? Pero no me animo a decirlo. Antes de inventar una palabra prefiero decirla en castellano, insertarla como quien no quiere la cosa y que la chica se las arregle como pueda. Pero la palabra “clavo” no le dice nada, o eso es lo que yo supongo, porque me sigue mirando con su sonrisa inmutable, tan apasionada y empática como una medialuna de manteca.

Decido que tengo que ser más elocuente, que si no puedo construir una maldita frase en portugués al menos cuando la chica vea el siete que tengo en el pantalón va a entender todo, me va a obsequiar un “¡aaah!” de aliviada comprensión. Entonces me paro, giro, me contorsiono, levanto la pierna, señalo con un gesto inequívoco el agujero maldito, y me ilumino en el último instante.

–¡Eu tenio um buraco! –exclamo triunfal. Casi puedo ver su mirada de entendimiento, de comprensión o de compasión. Una disculpa en un portugués lejano pero adivinable, el agradecimiento por señalarle los defectos de su mobiliario y darle la posibilidad invaluable de salvaguardar el trasero de futuros comensales.

Pero nada de eso pasa. La chica sigue parada con un anotador en la mano, sin considerar siquiera la alternativa de esbozar una mueca tenue de rechazo por lo que debe calificar como una turista loca. Sigue sonriendo y pensando en los perritos, o en el hijo del prefeito, o en la cantidad de aceite que le queda en la despensa. Y ahí estamos las dos, paradas y enfrentadas, sin haber podido encontrar un terreno común en las palabras, convertidas en mudas y vacilantes nenas de dos años.

Me dí por vencida. Aunque la sonrisa de la chica no había desaparecido desde nuestra llegada, yo adivinaba su fastidio por el frustrado paseo de los perros. Podía ser idea mía, pero sentía que nos detestaba por venir a perturbar una bien planificada velada que no contemplaba turistas extraviados marchando en contra de las corrientes migratorias. Tal vez el clavo en la silla venía a ajustar las cuentas, a devolverle el orden al universo, y ¿quién era yo para enturbiar su triunfo?

Esa noche hice un bollo con el pantalón y lo puse en el fondo de la valija. Hasta el día de hoy espera un zurcido invisible que probablemente no le llegue nunca, y yo planeo cuidarme de los clavos en las sillas de futuros restaurantes. O, en todo caso, procuraré engancharme la ropa en algún tugurio de San Telmo, donde trataré de hacer el reclamo amablemente pero sabré que tengo, en algún lugar del horizonte, la tranquilizadora alternativa de putear al dueño en perfecto y fluido castellano.

14 de febrero de 2012

La boca rota


Aquí el link de los amigos de la revista literaria "La boca rota" (Matías Berrondo y Danilo Zárate Pacheco), que pronto tendrán la gentileza (o la inconsciencia) de publicar material de mi autoría. Mi agradecimiento a ellos y para ustedes el dato de esta interesantísima publicación:

10 de febrero de 2012

Menos mal que existen las metáforas


El mundo real puede ser mágicamente transformado por una metáfora. Puede transpolarse su belleza a palabras de igual porte o puede, y esto es lo increíble de una metáfora, embellecerse lo que no era precisamente hermoso por el solo hecho de ser trasladado al mundo de la abstracción, al universo del sentido figurado.
Tarde de miércoles (es decir, miércoles por la tarde). Un baño tibio y Lucía que balbucea en el agua, golpea un vasito contra las canillas mientras canta, aguarda el momento en que la recibirán mis brazos y la toalla seca. 
Entonces sucede lo imprevisible: quizás la distensión del momento, quizás la tibieza del agua, la conducen a expresarse del modo más primitivo que conocemos, y los testimonios de eso, nuevos y pequeños invasores marrones que por algún motivo no se condicen con su carita angelical, quedan flotando aquí y allá entre los juguetes.
La tarde muta repentinamente. De la apacibilidad del fin del baño somos arrojados a un estrepitoso caos: sacar a la nena del agua antes de que tenga algún impulso que haya que lamentar, rescatar los juguetes y darles el consabido baño de lavandina, enjuagar la bañera... en fin, borrar las huellas de la catástrofe. Pero después de tres hijos, si algo sobra son reflejos y una rápida capacidad para sobreponerse a los desastres. En menos de treinta segundos, en la bañera solo quedan los intrusos y el agua. Julián se ha acercado a apreciar la obra de su hermana y por unos instantes los tres, asomados al abismo de la bañera vaciándose, somos testigos de esa huída colectiva, de ese baile circular que las pequeñas partículas dan alrededor del desagüe antes de desaparecer.
Entonces Julián, en un repentino arrebato poético, lanza con mirada soñadora:
-Parecen peces, mamá.
Ya lo decía yo: menos mal que existen las metáforas.   

9 de enero de 2012

Aquí no hay nada que importe de verdad (o cómo sobrevivir encontrando algún punto entre la pedantería burguesa y el cosmopolitismo)



A veces, aunque no siempre, la globalización apesta. Y digo a veces porque no puedo negarme del todo a las maravillas de la comunicación global ni renegar de las bondades de la tecnología, o el cosmopolitismo al que siempre he adherido entusiastamente. Pero en honor a esas veces en que la globalización apesta, voy a proponer tres ejemplos que me han rondado en la cabeza durante los últimos años, tres cosas que indefectiblemente nos han ido cercando en nuestro avance riguroso por los caminos de la burguesía: el consumo de artesanías, el de sushi y la práctica de Pilates.
El otro día me reuní con mis compañeras de la facultad. No nos vemos muy seguido, pero mantenemos el contacto y al menos una vez al año nos vemos las caras. Tres amigas poco presentes en lo cotidiano pero fieles en la perpetuidad. Mujeres con las que he masticado noches en vela repitiendo las catorce ramas colaterales de la arteria maxilar interna, finales orales frente a profesores sádicos o discusiones con jefas de cátedra histéricas, todo eso mientras nuestras vidas discurrían plácidamente. La clase de cosas que crea lazos indisolubles entre las personas. La historia es que antes de sumergirnos en la velada que nos permitiría ponernos al día, dimos una vuelta por el barrio chino. Nos maravillamos ante los precios y variedad de los productos (creo que voy a soñar con la cara de Kitty durante un mes) y una vez más me sorprendí de la belleza de un adorno que tengo entre cejas hace tiempo. Parece que se trata de una representación del zodíaco: una ristra de animalillos de tela de colores y algodón que siempre planeo comprar para el dormitorio de mis hijos. Pero ya lo dije, la globalización apesta. Se me cruzan los cables y la información se desorganiza. ¿Acaso no vi una cosa parecida en Bolivia? Entonces, ¿este adorno es chino o boliviano? Casi inmediatamente, acuden viejas rencillas que mi conciencia mantiene con el mundo circundante tales como: “¿Por qué en Praga vendían la  misma flautita pintada de colores que mi hermano me trajo de su viaje por Centroamérica?” Me siento traicionada por mis sentidos y por el mundo. No importa lo bellísima que sea esa canastita tejida a mano que te acabás de comprar: ya nada es real, ya nada importa. De hecho, es imposible saber si la compraste en una perdida calleja angosta del Katmandú antiguo o en el Carrefour de la otra cuadra, que los fines de semana tiene quince por ciento de descuento con tarjeta de débito.
Esto me lleva al segundo ejemplo. Pensemos en el sushi. En lo que a mí respecta, es riquísimo. Lo probé fallidamente dos veces y finalmente la tercera encontró su lugar en mi paladar. Creo que es, lejos, una de mis comidas favoritas. Que él (el sushi), la pizza y el dulce de leche pelean con codos, uñas y algún diente por ocupar un mejor lugar en el podio de mis sabores predilectos. Me encanta, y lo gritaría a los cuatro vientos si no fuera por un pequeño detalle: ser “fana” del sushi me produce una extraña clase de vergüenza. En especial cuando recuerdo una situación que viví hace pocos años.
Estábamos en un restaurante con amigos y al parecer el salmón que nos habían servido no estaba fresco. Creo que yo ni lo noté –mi paladar suele tener la misma sensibilidad que el de un troglodita medicado–, y de notarlo lo hubiera ignorado de buena gana, pero hubo acuerdo generalizado entre el resto de los presentes para formalizar un reclamo. Y la temible acusación –el salmón no está fresco-, la escalofriante verdad que ponía en riesgo los pilares de nuestra civilización, fue cursada con implacable amabilidad: impactó en el chico que atendía nuestra mesa, se transfirió a quien debía ser el encargado del salón y finalmente produjo una leve agitación en el pequeño grupo de camareros del restaurante, arremolinados con sus uniformes negros en torno a la barra. Se produjo un cruce de miradas –ellos, nosotros- y en ese diálogo mudo vislumbré de pronto la verdad de toda aquella situación. Es uno de esos sacudones de conciencia que siempre agradezco, uno de esos momentos en que nos ponemos en perspectiva y nos sentimos absolutamente imbéciles. ¿Qué cuernos le importaría a nuestro camarero, por ejemplo, el estado del salmón? ¿No era increíblemente ridículo que un grupo de dieciséis personas estuviera de pronto ocupado en seguir las peripecias físico-químicas de microscópicos trozos de pescado crudo? Seguramente el camarero no vería una orden de sashimis en aquel plato, sino más bien veinticinco boletos de colectivo o una caja de doce Faber Castell. Cosas reales, cosas importantes de verdad. Supongo que si el mundo no fuera un lugar hecho de grandes dosis de sentido común, lógica y corrección política, lo natural hubiera sido que todos (ellos y nosotros) nos fuésemos a tomar un buen café para reírnos de aquel chiste del salmón, de aquella comedia. ¿No sería divertido descubrir un día que toda esta historia no es otra cosa que un elaboradísimo juego de roles? Juguemos a que comer sushi era la quintaesencia de la alcurnia. Nosotros éramos los clientes y vos el mozo, ¿dale?
Mi vergüenza reaparece con persistencia implacable cada vez que veo comensales anónimos henchirse de un orgullo insólito cuando logran pescar con los palitos una pieza con kanikama. Siento deseos de pararme y recordarles que un menú económico de sushi no es mucho más caro que una buena napolitana, y que ahora los localitos de sushi se han multiplicado hasta ser casi tan numerosos como los parripollos de los noventa. Aunque ahora todos podamos ser capaces de escupir con naturalidad palabras como “roll”, “sashimi” y “maki”, no me olvido de que estuve meses para aprender a decir “wasabi” porque siempre me salía “sunami” (cosa que pensándolo bien no era del todo un desacierto). Quítense la pedantería de la cara y solo coman, por favor, que es rico y eso sí que no tiene nada de malo. No cambió nuestro lugar en el mapa, ni siquiera cambió demasiado el mapa. Lo que pasa es que se llenó de chirimbolitos de colores. Ahora tenemos la nueva versión del Estanciero y no nos damos cuenta. Los nuevos billetitos son tan lindos que pensamos que tenemos más plata.
Y eso me lleva al tercer ejemplo, otra de esas cosas que ha llegado a nuestras vidas de la mano de la globalización: la práctica de Pilates. Sostengo que es un método increíble: ha logrado de mí períodos de fidelidad superiores a los dos meses, lo que constituye todo un récord en la historia de mis pobres relaciones con la actividad física. Pero decir “ahora me voy a Pilates” me llena de un pudor difícil de explicar. La imagen de unas levemente sudadas señoras finas en una esquina vidriada en Recoleta hace unos años (primeros centros “Tamara di Tella”) es algo que no logro desterrar por completo de mi memoria. Mi hermana y yo le decimos “Poncio”, en honor, por mera coincidencia fonética, al bíblico señor Pilatos, y como un intento por denigrarlo y frenar nuestro propio temor frente a la avanzada de la devoradora burguesía. Pero como los dichos sobre el problemático Poncio son incomprendidos por la mayoría, en general me siento inclinada a decir que voy a gimnasia (qué Pilates, ni Pilatos, ni Poncio ni nada). Simplemente a gimnasia. Y si la ocasión lo ameritara, si fuera verdaderamente valiente, omitiría la eme y me iría a hacer ginasia con toda tranquilidad. Seguro es también responsabilidad de la globalización (y ya que estamos, del consumismo) que este método de gimnasia que creó el enfermizo Joseph Hubertus Pilates, tal vez para vengarse del asma que lo acosaba, haya llegado a proliferar como si nada en los barrios porteños.
Es que la globalización, sostengo, a veces apesta. Nos acerca pero también nos aleja, nos empasta, nos uniforma. Equipara las manos ancianas de una artesana de Purmamarca con la eficacia despiadada de la producción automatizada. Nos devuelve a todos a la enorme bola de la que provenimos, antes de que a algo o a alguien se le ocurriese separar las aguas. Nos mezcla a todos en una gran ensalada, nos ahoga en aderezo y nos sirve fríos como acompañamiento. Por eso, a veces, apesta.
Afortunadamente, siempre hay cosas dando vueltas que tienen la virtud de centrarnos en lo que importa. Cosas tan simples como el encuentro con los demás (aun sin salmón fresco, ni comida tailandesa, ni zodíacos de tela). Los instantes de luz, la buena conversación. Los chistes internos con mi hermana de una camilla a otra cuando hacemos ginasia, mechados con largas charlas destinadas, una y otra vez, a desenroscar las cosas que siempre tienen la costumbre de retorcerse y querer ahogarlo a uno. Y lo demás, ese marco agobiante que parece tener ganas de ser casi el mismo en Katmandú y en Villa Ballester, tal vez, no sea más que desahuciada utilería.
Mi memoria es mala pero tiene la costumbre de hacerse de porciones de la realidad en apariencia insignificantes: texturas, olores, objetos minúsculos, sensaciones de un segundo. Me las entrega con toda nitidez, años después y sin previo aviso. En una de esas entregas, recordé hace poco el sobre en el que guardábamos la plata en mi viejo consultorio. Claudia y yo nos divertíamos, nos peleábamos, luchábamos por progresar. Aunque parezca mentira, éramos buenas y estábamos empezando a ganar dinero. Y en algún lugar había que ponerlo. Doblamos una hoja que si mal no recuerdo era rosa y armamos el sobre caseramente con generosas dosis de cinta scotch. Antes de disimularlo entre las hojas de una carpeta de archivo, lo bautizamos en el frente con letras de colores. Escribimos: “Aquí no hay nada que importe de verdad”.

P.D. 1: Había pensado llamar a esta nota “Por qué la globalización apesta”, pero me pareció deshonesta la burda apelación al sensacionalismo.
P.D. 2: Al leer esto, una amiga sugirió que lo que apestaba era mi culpa por haberme convertido en una señora que come sushi y hace Pilates. Si la culpa es la lucidez de no perder la perspectiva, espero no superarla nunca. Y aunque "señora", "sushi" y "Pilates" formen parte de mi mundo, creo tener la suerte de no quedar cuajada en esas tres palabras y nada más.
P.D. 3: Quien esté libre de Pilates (o yoga, o tai chi, o sushi, o adornos artesanales, o la wii, o su laptop, o su i-pad) que arroje la primera piedra.